domingo, 1 de noviembre de 2009

miércoles, 14 de octubre de 2009

Jump

JUMP, there is absolutely nothing waiting for you. So start getting your feet together and your knees as well for you really don´t have to think about it, because there is nothing there to think about.
But if your objection is that nothingness can be thought I´ll just say that you must jump. All the other options you could have made before now are simply impossible.
I know you start to feel uneasy, I bet you´ve never done something like this before, I bet you think you´ve been living fully this whole time. You´ve been mistaken, living consists in jumping.
They´re not waiting for you, you´re the one waiting for them. I demand now to execute my orders for it really doesn´t matter now where you do fall. I remind you, it´s gonna hurt. And I´m sure you´re going to call it luck when you´ll notice no bone has been broken. But I warn you, such a word is unapropied for you know everything has already been written.
Your feet are on flames now, you´re getting uncomfortably anxious, JUMP and don´t you dare to close your eyes.

Andrea

Camina en el borde del precipicio
y sigue caminando.
El mismo profesor colérico le grita a sus alumnos cansados. Por la ventana los pájaros presumen sus alas rojas y negras, nadie aguanta las ganas de salir al patio. Necesitan concentrarse y resolver un problema de economía ya resuelto por un montón de genios hace más de veinte años.
Problemas caducos, impensables, imposibles. El pizarrón se duerme, muestra su propio desinterés por la clase y todo apunta a que Andrea sigue molesta. Carlos se acerca a ella, corrige la fecha mal escrita en su cuaderno, levanta su pluma del suelo, le sonríe, no está acostumbrado a este tipo de situaciones. Lo que no sabe es que Andrea no está molesta con él, sino con Aquella sentada en un rincón del salón.
Andrea piensa que ella es mejor que Aquella, sus ojos verdes intentan demostrar la bondad de su corazón, sus manos pálidas presumen su sutilidad y cariño; Carlos la observa inquieto, la siente triste.
Aquella los ve, lamenta el malestar de Andrea, realmente lo lamenta; pero ella no es mejor ni peor que sí misma, ella es totalmente otra. El camino de Andrea es otro, Aquella lo sabe y Carlos también; en sus cabezas sigue el vértigo, el ansia de verla parada a la mitad de la vereda, esperándolo y odiándola.
Perdida en su propia mente, Andrea la ve, Aquella es mala, casi perversa, una "maldita" y aparentemente sólo ella lo observa... no lo entiende.
La clase pasa, los ejercicios se vuelven cada vez más turbios, ese problema antiguo ya ni es problema, no es posible formularlo. Andrea se apoya en la banca de su izquierda, Carlos, a su derecha, intenta hacerla reír. La garganta se aprieta, sólo hay paso para el aire que la mantiene conciente.
Termina la clase, Andrea huye al patio o al baño, Aquella no puede ayudarla, quisiera pero no puede y no puede porque Andrea nunca lo permitiría.

domingo, 11 de octubre de 2009

El gigante y yo

-Esto no pasa.
-Sí, sí pasa, ven, deja te abrazo.
-¿Porqué?
-Porque te quiero. ¿Es inevitable?
-Lo es.
-Vaya. (Beso en la frente)

Y ella sueña que lo ve crecer, sí, lo ve hacerse cada vez más fuerte. Impresionada corre hacia él y lo admira, le manda un diminuto saludo, no mide más de cincuenta centímetros y él ya ha alcanzado los seis metros.
Pronto iniciará la batalla mortal entre los dos dragones de fuego, uno bello y joven intentará salvarse del imperio mortal del segundo. El pueblo teme por sus vidas, la misma batalla podría acabar con todos los plantíos y casas de los alrededores. En el bosque no queda ni un solo animal, los destrozos serán inevitables. Sólo dos cosas podrán salvarlos a todos: la lluvia y el gigante.
Ella se ató del collar de éste, llevaba en su cinturón polvos mágicos para curarlo y en su corazón palabras dulces para alentarlo. Los dos esperaban en medio del campo de batalla el momento inevitable.

-Ya es tarde, de nuevo te dormiste.
-Lo siento es que ando muy cansada.
-Sí, lo sé, ven vamos a casa.

The knight of infinite resignation

La ciudad respira cuando caminas por sus calles sucias. Saliste temprano de casa, pensabas en el gris de la bufanda, en el gris del gato, en el gris del cielo, te sentías tranquila porque a no te asusta la lluvia. Tomaste el camino más largo para llegar al parque y en cada paso pensabas menos en el gris y un poco más en él. Pensabas en el café de sus ojos, recorrías la distancia que los separaba sabiendo que nunca llegarías e imaginabas que allí estaban mas juntos que nunca. Caían hojas pseudo otoñales en el suelo y corrías tras ellas para hacerlas tronar bajo tus pies de niña.
El parque tiembla con tu risa y el rocío se pega a tus zapatos limpios. Te meces en uno de los columpios mojados, no muy preocupada por dejar húmedos tus jeans nuevos. Piensas en la distancia, dejas de respirar, te sientes muy sola. Pero tu corazón palpita, lo invoca, sientes su mano en la mejilla. Dejas caer unas cuantas lágrimas saladas al mismo tiempo que una nube pesada arroja al suelo gotas diminutas de agua helada.
Las flores se quedan sin sus pétalos cuando te desmoronas y dejas de pensar tanto en la mano como en el beso. Estás dispuesta a dejarte caer, deseas ser el rocío que se pega a sus pies ,o la hoja que truena bajo sus zapatos, o la ciudad que respira cuando él camina; tu corazón arde en deseo pero sólo piensas en desaparecer.
Mis ojos brillan cuando te fusionas y te conviertes en este pseudo otoño, mis ojos brillan cuando el pasto húmedo en el parque eres tú y ningún otro pasto podría serlo.

jueves, 8 de octubre de 2009

Nota final de hoy

It is the same nightmare, the fish dies and I kill the fish. There s no room for both of us, but at the end none of us really dies, we just hide away from each other.

Fragmentos--no ideas completas

Ayer soñé que se escapaba un hamster de su jaula,
hoy busqué en la jaula ese mismo hamster y ya no estaba.
La sangre sube, sube para perderse en el corazón.
El aire no llena los pulmones.
Se cae poco a poco, suicidio.
Entre tus ojos que nada dicen Alicia,
entre tus palabras incomprehensibles
escondes la fe en ti misma.
Sus ojos le piden que sea fuerte.
Te llaman Alicia,
te llaman, pero tú no escuchas.
Ese cuerpo no es suyo.
El rostro hecho polvo
escucha el sonido muerto de un tambor.
Alicia ¿qué hiciste?
No entiendes,
no entiendes nada,
por primera vez, has sido realmente salvada.
Eres mujer,
mujer del amado,
amante,
una y otra vez amada.
Corre tras ella,
grande y hermoso,
vuelve la paz,
no hay tambor,
lo respira.
Esta es la vida Alicia y nunca pudo ser más plena.

jueves, 1 de octubre de 2009

Tacubaya

Yo no tenía nada que hacer ese día, simplemente quería llegar a casa. Una señora de vestido rosa, de esos que parecen tela de cortina, desaliñaba la fila accidentalmente perfecta de los usuarios del metro. No sé porqué pensé que sería buena idea preguntarle si necesitaba ayuda. Con una voz ronca pero suave me dijo que se dirigía a la línea café. Me sorpredió el hecho de que anduviera con un paso tan firme sin saber, aparentemente, hacia donde quedaba su rumbo. La hubiera acompañado hasta las escaleras casi infitas de la línea de no ser que tenía hambre. Le dije que yo la dejaba allí porque yo uso la línea rosa, y sonriente se despidió. Volví a la misma apatía, al mismo estado inerte.Permanecí en ese estado hasta que volvío a mí la imagen de la señora ciega, su bastón en la mano, los lentes oscuros llevados con cierta gracia. Me parecía casi ridícula la conversación, la línea café pudo haber sido amarilla, la estación pudo haber sido otra, pero esa señora parecía saber de que hablaba, yo ya no entendía.

martes, 29 de septiembre de 2009

El todo y la nada -bis-

Alojada en el fondo de una nada que todo promete; la fusión absoluta con el miedo y la alegría informe. Muerte prematura de una mente vacía. Camina errabunda, incapaz de olvidar la pena, incapaz de devolver a esa nada el error una y otra vez repetido.
Y quizá sólo ahora se da cuenta que la nada ya no existe, los pies fugitivos desean alcanzarla, pero el suelo se los impide. Las personas son como fantasmas, los fantasmas son sólo recuerdos.
Recuerdo la nada, el miedo trepidante frente a mi propio vacío tan lleno de impulsos sin causa. Recuerdo la ausencia absoluta de mí misma, tan mezclada con ese todo que nada es. Recuerdo el vértigo, recuerdo la nausea.
El simple ejercicio de mi memoria confirma el hecho de que ya no estoy en la nada, soy dolor, soy vergüenza, soy decepción, soy todos los fantasmas invisibles de una nada que he dejado atrás; un fantasma hecho persona. El aire que respiro me corresponde, el agua que tomo es mía, la piel que me rodea es sagrada; si me muevo la flor muere.
Atrapada por mí misma,la mente grita entre esa frágil línea donde las cosas que no existen prometen y las que existen aún quedan lejos. El paso definitivo, el cambio de ciclo, no hacia el todo, sino, hacia una nada menos fragmentada.

viernes, 18 de septiembre de 2009

La penúltima versión de la realidad

Soy los besos perdidos en tu cuello,
soy los minutos en los que te abrazo,
incluso soy el instante del beso en el que te abrazo.
-
Me persigue la voz inmortal,
la palabra encantada,
no me abandona tu boca.
-
Eres la mano que me canta al oído,
eres la piel bajo la mano,
eres el oído enamorado.
-
Soy la hora del tráfico,
eres la tarde nublada,
eres el puro instante, la gota de agua,
soy el río que te lleva cuesta arriba, cuesta abajo.
-
Sin haber sido, somos,
sin pronunciarnos mutamos.
Somos el relato que crece y se desmorona,
que corre y se cuenta a sí mismo.
-
Añado lo siguiente;
somos el beso,
la lágrima,
la tristeza.
-
Somos la piel que nunca se olvida,
el instante electrizante
donde no sólo somos tiempo,
sino, espacio.

Sólo la punta del iceberg del genio de Borges

jueves, 3 de septiembre de 2009

Viaducto

Estaba sentada en la esquina de la banca, los pies bien apoyados sobre el suelo, las manos sobre sus rodillas. Su cuello de búho giraba impaciente de derecha a izquierda una y otra vez, Martín no llegaba.
El café se había quedado sobre el buró y la carta medio abierta de Veronica descansaba, indignada, sobre la almohada verde de su destendida cama. Tomó su cubo de colores, lo desordenó, fue mecánico: dos a la izquierda, dos a la derecha, azules por rojos, rojos por amarillos, estos por verdes y nunca verdes por los primeros. Continuamente desacomodado, el cubo cedía ante la pasión de la mujer desesperada.
El retraso de media hora no convertía la llegada de Martín en un alivio, ansiosa por cubrir su deseo le mostró su cubo, perfectamente ordenado. El coche esperaba en la esquina, largo, negro, ni tan nuevo ni tan bueno, pero, de manejo suave. El aire insoportable llenaba el interior del auto, los vidrios bloqueados, la radio descompuesta, su voz cínica de hombre guapo lejos muy lejos. Tomarían vino, ella lo sabía, mucho vino; caminarían, fumarían, e, irían al bar de siempre a escuchar la misma banda mala de jazz electrónico. Una noche ácida.
Claxón, se repite estridente al unísono, ella avanza, ni se percata del mal humor del resto de los conductores. La mano sobre su pierna, quiere no sentirla; imagina el vino, la copa, la mesa; imagina el aroma, el color; imagina el primer sorbo, como dulce seda que se desliza por la lengua y por todo el cuerpo envolviéndolo. Ve su mano sobre su cabeza acomodándole su largo cabello negro, siente que se deslizan sus dedos por su cuello. Los ojos quieren cerrarse, capturar para siempre el momento.
Él la ve inmóvil, quizá desesperada por el tráfico, el humo de todos los coches capturados entre los espacios que existen entre ellos. Resiste la tentación de evadirse, disfruta la tortura, lo ve, sonriente.
Esa noche no fumaron, ni salieron, tampoco caminaron. Tomaron la copa, y bebieron cautelosamente el vino, se dejaron abrazar por él, rendidos el uno ante el otro. El beso, labios que se quiebran, primera punzada del tacto, sentidos entremezclados, un sólo corazón que se estremece y palpita.


sábado, 29 de agosto de 2009

Soundless

All that no-one sees,
You see what's inside of me,
Every nerve that hurts,
You heal deep inside of me.
Joga-Bjork
Él ve el suelo, la cabeza bien baja no sabe siquiera hacia donde caminan. Cada tres pasos hay una flor en la banqueta, solo él la puede ver. Le dice que se detengan, sólo unos segundos, la flor se mueve, es la misma, lo sigue. Ella no escucha, va tras una mariposa gigante, prófuga del zoológico. Quiere llover sobre la ciudad, se detienen, los ojos verdes lloran, pero ella no lo sabe. Conmovido cree que la ha herido, no es cierto, ella sonríe, le pone la flor entre sus manos, palpita.
Quisiera hablar pero no puede, sus palabras son hojas verdes o puro otoño, crujen se deshacen. Quisiera pensar, pero no sabe; le gustaría poder entrar a su mente y ordenar el imaginario completo, querría entender su propio desorden. Quisiera conocer el caos que la hace parecer tan torpe, quisiera dejar de perseguir mariposas y decirle que lo ama. Murmurarle palabras que no existen, como en ese viejo poema de Brell, y que él solo entendería. Quiere que la besen, pero no se atreve a sugerir el beso. Crecen en su pecho, como enredaderas, las venas. La piel blanca impaciente pide un beso, por las mejillas ruedan dos pequeñas lágrimas verdes.
La fuite, toujours la fuite; un monde, nôtre monde. Une petite maison a nous, construite de mots et de bisous. El límite de sus palabras, deseperación absoluta, casi muda.

Sunrise, sunrise

Lunes, el despertador suena, no lo escuchamos, fuera de la cama hace frío. Primer día de trabajo, jefe excéntrico, trafico, no hay gasolina. Me hago pequeña entre sus brazos, no nos movimos durante la noche, realmente hacía frío. Torpemente intentamos callar al despertador, se cae el vaso de agua; estira el brazo, deja caer el tomo II de su novela clásica traducción de fulanito de tal sobre el agua.
La caída, el ruido, la mañana finalmente lo sorprenden. Nos levantamos, hoy me toca lavarme los dientes primero.
Huele a café, él lo odia, no lo hace muy bien, me encanta. No hay ropa seca, ni limpia, creímos que el lunes llegaría en dos días. Quedan cinco minutos, podríamos llegar temprano, pero, sólo queremos llegar a tiempo. Un beso, dos; se siguen, corren uno detrás del otro y se escapan jugando a alcanzarse. Empate, nadie gana cada quien toma su carro.
El escritorio nuevo presume sus documentos azules y amarillos. Hay una pluma fuente en la esquina superior izquierda, a mí me pusieron una margarita; su oficina está vacía. El fax suena, la copiadora suspira, se lamentan pero nadie los escucha. La secretaria me presiona, quiere irse temprano, mi computadora no es mac, ni xp, una pesadilla.
Pasa la hora de la comida sin ninguna novedad, me pregunto si será mejor usar la impresora de la sala general o la que está en el centro de copias. La primera me queda más cerca, la segunda es un pretexto para alejarme de Sandra la secretaria. No tomo ninguna decisión, en primer lugar no debería estar trabajando.
La tarde no pasa, Luis no está; la gente me habla, no son Luis; Guzmán me ofrece café, está bueno, pero no lo hizo Luis. Son las siete; no, son las seis con cincuenta y nueve minutos; de nuevo, siete; retrocede, seis con cincuenta y ocho; vuelve, avanza.
Los semáforos no son rojos, ni verdes. Todos manejan en estado de ebriedad, el niño de tres años está parado sobre el asiento delantero, me ve por la ventana, no le digo nada a la madre. Vamos a casa, la radio descompuesta, los vidrios empañados; urge llegar a casa.
Llegamos, gotas de sudor se deslizan sobre nuestro cuello. Vencidos una vez más por este sistema "jefe-empleado" que no nos convence.
El agua hierve en la cocina, suena un poco de música, su lentitud nos envuelve. El agua cae en la regadera, revivo, está fría. Felices y mudos, volvemos a la cama, el uno dentro del otro. Se pierden mis ojos entre sus palabras, el corazón que palpita; el primer beso, la primera caricia, la primera sonrisa; veo verde.
Respiramos, nos llenamos de aire, me toma del brazo y nos sumergimos. Desnudos entre algún mar y algún río, cubiertos por su espuma, pelean un pez espada y una boa. Giran, retroceden, crece la luna, la rodean. Sin oxígeno caen rendidos al fondo de las sábanas. Mi mano sobre su espalda dormida juega a recorrer su piel erizada.

Introducción

Camino descalza sobre su espalda,
se estremece.
Un terremoto,
el cielo sigue inmóvil.
Caigo los brazos extendidos,
duermo.
Amanece,
la espalda sigue temblando,
la acaricio,
no la abarco.
Un volcán se eriza sobre su piel,
me levanto,
corro lentamente hacia su cuello.
Perlas de luz,
medio enamoradas, caen sobre mi rostro.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Para Pachu

Martes, gira encendida en lágrimas
la mujer con los ojos de luna.
Serpentea la vieja bufanda sobre la mesa,
arde en llamas la antigua colonia.
Juega alrededor del cuello,
brillan los recuerdos,
palabras impresas
en el techo verde,
imaginario revuelto,
revolotea...
Miércoles por la mañana,
la misma mujer,
la bufanda hecha cuello,
respira hondo, deja de girar.

sábado, 22 de agosto de 2009

Colibrí

No dicen nada del colibrí los que lo han visto nadar.


Las bancas verdes del parque permanecían vacías, el niño de la playera verde pateaba una pelota roja contra la reja, su hermana gritaba su nombre conforme se alejaba. Las calles abandonadas respiraban, liberadas de nuestros pasos. Y el columpio cedía ante el movimiento de mis piernas.

El pasto descuidado, de su color triste me hería, también los juegos destrozados, los arbustos mutilados, la naturaleza muerta. El columpio no deja de mecerme, suave, el viento levanta mi cabello. Sonámbula, pienso que soy esa naturaleza. Sólo los sentidos, exitados, me mantienen viva, respiro con las calles ese mismo aire liberado.

La hermana ya se fue, el niño sigue jugando, me observa. La cabellera revuelta, cansado, los ojos llenos de amor me lanza la pelota. La regreso, la devuelve, ida y vuelta. El columpio abandona su rechinar, se pierde entre ese parque medio muerto. De mi piel brotan gotas de rocio. Pueden reverdecer el pasto, enderezar el arbusto pero no logran componer el tobogán.

Oscura y vacía llega la noche, la pelota en brazos corremos tras los últimos rayos del sol. Caigo, una piedra negra tuerce mi tobillo; busca mi mano, me levanta, ya no hay luz. En casa no nos recuerdan, somos completamente invisibles. La gente ve la pelota verde moverse, no dicen nada, han cultivado el arte de la indiferencia.

jueves, 20 de agosto de 2009

La solandra

Verde en los ojos que no deja de brillar,
crece bajo el encanto de unos labios
que aún no la han tocado.
Impaciente los cierra.
Otoño en la piel,
las estaciones invertidas,
primavera en las manos.
Desaparece la mariposa en la flor,
la solandra alada,
reverdece el estéril campo,
vuelve el sol a su antiguo reino.
Trémulas manos de un viento dorado
elevan hacia las estrellas
al amado y a su amante.
Ojos verdes adornados por un beso.
Ansiosas las nubes esperan dejarse caer,
suenan los relámpagos,
el aire juguetón
no deja de moverse.
Siguen en el beso eterno,
inertes por la lluvia,
sumidos en el amarillo
de ese otoño que regresa.
Noche en sus labios,
cae el sueño como miel sobre su cuerpo,
plateada, los envuelve la luz.
Despiertan, sigue el mismo calor,
el mismo puerto,
el mismo cuarto,
sonríen.

domingo, 9 de agosto de 2009

Recordatorio

No sé donde estoy, recuerdo haber manejado, tenía prisa. El lugar es grande y tenebroso a pesar de los grandes jardines y pasillos iluminados. Recuerdo la secundaria vagamente, el lugar es similar. Yo no debería estar aquí. Olas de frío recorren mi espalda, sonrío, pero no quiero; en los pasillos niños de primaria se pasean, los saludo por sus nombres, no sé quienes son.
Quisiera salir de aquí, pero la construcción es circular. El aire blanco y frío recorre mi cuerpo, estoy adolorida, me hago pequeña. Llego a un patio de cemento, ahora estoy en primaria y los niños son de kinder, yo no. Me escondo de esa sociedad prematura, entre enredaderas y arbustos desnudos me siento. Los grillos descansan sobre mis diminutos jeans, los atrapo y suelto sobre mis tenis blancos.
Alguien más entra en mi escondite, no quiero preguntar quién, dejo caer mi cabeza sobre mis rodillas, no estoy. Su mano se posa sobre mi hombro izquierdo, es un señor joven, muy alto, no sé quién es, dejo que me tome entre sus brazos. De repente recuerdo, es él, me invade la emoción, pero mi mente primitiva de infante no me permite formular la pregunta que quisiera. Pronto me aleja de él, también había disminuido.
No me recuerda del todo, huye como yo de todos ellos, quisiéramos llorar, no nos atrevemos. Su cabeza cae sobre mi pecho, lo escucho suspirar largamente con muchas tristeza. Sí, incluso a esta edad consigo darme cuenta del dolor y los secretos que carga este niño solitario. Como la hora de regresar a clases ya llegó decidimos salir de este diminuto paraíso.
Intento caminar a su lado, pero acelera el paso conforme avanzamos, se ha olvidado que lo conocí bajo su otra forma. Y la metamorfosis llegaba a su fin, me coloco a su lado, muy cerca para poder acariciar su cabeza. El sol ilumina sus manchas simétricas y negras; se refleja entre su pelaje suave y azul; acaricia sus ojos azules aún vivos. Finalmente deja de avanzar, se voltea hacia mí y me lanza una mirada propia de quién acaba de reconocer a un pariente amado. Dejo que coloque sus labios sobre mi oído, respira con fuerza, pronto me lo dirá, su pena y nuestro secreto.
De repente desaparecen sus exhalaciones, me alejo; sus ojos todavía móviles me observan con miedo e impotencia, el pelaje sedoso se convierte en madera, como una máscara. Me duele el corazón, estoy confundida, lo tomo entre mis brazos; nada en su rostro muestra alguna expresión, atrapado entre las marcas de su magnifica prisión.
Y casi con intensión maléfica, montones de hongos blancos se dedican a invadir su hocico y nariz, las cuencas de sus ojos, sus oídos, proliferando la belleza de este dios bastardo. Desesperados los arrancamos, y ellos vuelven a crecer solemnemente, a sabiendas de que ganarán.
Vuelvo a mi cuerpo de mujer, siento mi cuerpo desnudo entre el viento frío. Se acerca una mujer, otra, como yo, enojada y en mis brazos, el niño muere una vez más. Lo siento en la mirada de aquella, soy culpable, una vez más. Me refugio entre mis piernas blancas, no quiero volver y perderlo una vez más, a él y al misterio de nuestra infancia. Duermo, no voy a despertar.

sábado, 1 de agosto de 2009

Erebo

Alguna de las mañanas grises en las que me dirigía a la escuela, me encontré con una fotografía de la luna. La cual presumía un fondo negro con una imagen gris. Ya en clase se la mostré a Mariana, pero no fue más que un separador practico para su mente ciega. Finalmente llegue a casa, sin comida, con sed y una foto subvalorada por el mundo.
Quise dormir esa tarde, pero sentía la mirada de la luna sobre mí, me observaba con un aire inquieto. La fotografía delataba aquello que al principio parecía una mancha. Entre las casas del pueblo triste, el sol desaparecía, dejando atrás su luz abrigadora y somnífera.
Débil me dejaba deslizar en la cama, brazos y piernas inmóviles, los párpados pesados sellaban esa luna gris en mi mente. Y mas temprano que siempre se anunció la reina de la noche con su resplandor divino frente a mi ventana, un poco más crecida y majestuosa que de costumbre. A su alrededor, un cielo negro se oscurecía cada vez un poco más, como si intentara ocultar algo y las estrellas estaban todas acomodadas en esa tela gruesa, siempre obedientes hacia su majestad.
Se trataba de él, ya lo sabía, la fotografía me lo había mostrado. Con sus ojos de fuego y fauces de cristal, su cuerpo de tigre y mirada casi humana. A pesar de su tamaño descomunal, permanecía oculto, entre la diminuta línea que divide el rostro brillante de la reina y la faz cubierta por su velo. En posición de emboscada esperaba algún corazón mortal que lo sacara de las tinieblas.
Era el cielo contra mí; su secreto y mi silencio; una recompensa por quien terminara con mi memoria. Y salió el tigre del yugo de su madre.
Mi mente cansada de luchar se rendía ante una estrella gorda y anciana, ambiciosa también ya que sabía que moriría pronto.
Entre truenos y sirenas de un pueblo perdido rugió el tigre invencible. De nuevo despertó mi cuerpo y me senté en el lomo del casi dios, producto de los amoríos ilícitos de la reina de plata. Huimos sin rumbo ni escondite, lejos de los astros, de todos esos malditos lacayos.
Llegó la mañana junto con el cantar de algún pájaro y con el rocío en mi piel y en la del casi felino. Entre suspiros volvimos al pueblo, a un desierto de calles limpias, de gente ausente, sin vida. Volvió Erebo a las tinieblas altivas, sin mas recuerdo que la imagen de mi cuerpo oculto por la sombra un gran baobab.

Puerto

Perlas de noche,
luminarias que se creen ciudades.
Tus ojos verdes,
manchados por el paso de marineros sucios.
Te quejas morena, con tu voz de viento,
me alejas, de tu corazón blanco.
Las lágrimas del sol
adornan tu rostro arrugado,
y sumisa
te dejas llevar por el cantar de sus súplicas.
Morena de arena
te he besado las mejillas,
por si sonríes y los despides a todos.
Te regalé mi alegría,
temiendo no volver a sentirla
y la dejaste caer
al fondo de tus mares revoltosos.
Y si alguna noche,
bella soñolienta, rieras,
te diría que te amo.