lunes, 9 de marzo de 2009

Desconocidos

Siguen siendo desconocidos, esos que diario se hablan, comparten risas y miradas. Parecen vanos los intentos de conquista que ocultan bajo sus gestos, porque ambos niegan que seducen al otro. Viven negándose, ocultando sus sentimientos.
De noche, cuando está sola Sofía piensa una y otra vez que no podrá seguir viviendo así. Seguramente él no piensa en ella, y de hacerlo no lo demuestra, nunca hablan. Quién sabe porqué hablar con él se ha convertido en una necesidad, no tiene nada que decirle, incluso, es probable que todo lo que diga sea extremadamente tonto. Y se le iban las horas pensando en el “qué le dirá” y en el “cuándo”, pero no contemplaba que realmente podría hacerlo, simplemente admiraba la posibilidad.
Cuanto miedo y cuantos pequeños dolores pasaban por ella. En su corazón, Sofía guardaba pedazos de bellos recuerdos para seguir adelante, para no dejar de conquistarlo. Al meterse a su cama, no podía dormir, ni leer, pensaba entre que el “sí”, el “si” o el “no”, desconfiaba todo el tiempo de las convicciones de su frágil corazón, por momentos lo ignoraba, quería saber qué hacer y cómo. Quería estar segura de que lo que hacía era lo adecuado, pretendía, de vez en cuando, calcular los daños, y entre tanta reflexión se le iban escapando las emociones. Cuando finalmente conseguía dormir el aire que respiraba estaba invadido de aquellas emociones huidizas, las volvía a respirar y al hacerlo entraban con mayor fuerza dirigiéndose de sus pulmones a su cerebro. Jugaban las emociones con la mente pseudo-dormida, se acomodaban entre los rincones llenos de memorias, que el corazón aún no se había robado. Dormida, su corazón latía el doble, la angustia aumentaba, él aparecía en sus sueños, le hablaba como si fuera una más… incluso en sus sueños no “hablaban” como ella hubiera querido.
Al amanecer, no quería salir de su cama, se despertaba sudando
, con miedo y temblorosa. Cualquier cosa que tomase se caía de sus manos. No sabía que ropa ponerse, ni qué perfume, menos qué zapatos y mientras veía el ropero el tiempo pasaba.
De alguna manera conseguía vestirse apropiadamente y llegar a tiempo al trabajo, donde en la oficina de al lado estaba él, tomando su café frío y barato.

2 comentarios:

Leonardo G.O. dijo...

Creo que todo el mundo siempre desconoce a todo el mundo, excepto los amantes que se ven el uno al otro y, aunque no "digan nada", con eso, dicen todo...

uh uh uh dijo...

Ambos tienen miedo. De ahí la aparente superficialidad.

He dicho, de lo cual no se sigue nada.